“Pero Rut respondió: —No me pidas que te deje y regrese a mi pueblo. A donde tú vayas, yo iré; dondequiera que tú vivas, yo viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. 17 Donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. ¡Que el Señor me castigue severamente si permito que algo nos separe, aparte de la muerte!” Rut 1:16-17

Reflexión: Ruth y Noemí.  En un mundo en que observamos que el egoísmo, la vanidad y el deseo de la propia satisfacción personal prima por sobre cualquier sentimiento de amor o solidaridad, no podemos dejar de admirarnos como, en una sociedad que no se prestaba para nada para rasgos o sacrificios solidarios, se presente esta situación entre una suegra y una nuera.

Noemí, la suegra. Hebrea, conocedora de las costumbres y leyes de su pueblo, para nada generosa con las mujeres cuyo valor dependía de la importancia del hombre que tenían por marido o padre. Aunque la mujer tuviera tierras por herencia, como era su caso, ella no tenía la oportunidad de trabajarla ni de vivir de ellas.

Ruth, la extranjera. Viuda de un hebreo en exilio, de ninguna manera aceptada por esa sociedad. Ella lo sabía y, pese a ello, se decide y se va con su suegra. Seguramente los años pasados a su lado le daban la seguridad de que era una persona amable, afectuosa y comprensiva. Quizás el hecho de ser mujeres en una sociedad machista, en donde ellas no contaban para nada, las unió más allá de las diferencias de raza o de religión. O el sentimiento mayor que era el amor por un hombre, el hijo de una y el marido de la otra, fuera el lazo que las unió para toda la vida.

Y se unen. Dos mujeres solas, sin recursos, solo con su amor, su capacidad creativa y su necesidad de formar familia. Y lo hacen con éxito, como muchas mujeres que tienen que lidiar con la vida hoy. Con el ingenio y el valor de las mujeres que no se dejan vencer por las circunstancias. Ruth aporta con el sustento, fruto de la paciencia para seguir a los segadores que, según la ley, dejan frutos para los necesitados; y con el sometimiento a los consejos de Noemí que, con la sabiduría de los ancianos, la guía para hacerse notar por el que sería su esposo, Boz.

Y constituyen una familia conforme al plan de Dios, en la que nace un hijo, Obed, abuelo del rey David y antepasado directo de José y María, padres terrenales de Jesús, Hijo de Dios…

Muchas enseñanzas podemos extraer de esta historia bíblica, nos detendremos solo en una: las familias unidas y exitosas no son fruto de la casualidad, requieren mucho esfuerzo y valor, incluso sacrificios, de sus integrantes. Pero el plus de ésta, como esperamos sea de las nuestras, es la dirección y guía conforme al plan de Dios.                                                                                                                                   

 Evangelina Ramos Pérez

Profesora



Énfasis del mes - Junio: Una Familia de mujeres valientes